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Seguir
adelante
Por Edeiël ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ ¡¡AVISO!! Si no habéis leído el manga completo de Alice 19th, será mejor que no lo leáis, podría chafaros alguna sorpresilla (psé, sólo una cosa, pero a mí me habría jodido que alguien me la contara xD) Si eres masoca y te da igual destriparte el manga, sigue adelante. Si te has leído el manga, sigue adelante. Si no lo terminaste de leer, y quieres seguir con la intriga, no te lo leas, yo no me hago responsable El que avisa no es traidor (luego puedo decirte "¡Te lo dijeeeee!" y lo disfrutaría mucho xD)
Limpió todo como pudo, sin verter una sola lágrima, aunque en su interior gritaba de impotencia por la pérdida de todos aquellos que habían sido su familia. Enterró los cuerpos en un jardín que se había encargado de preparar e hizo repicar las campanas de la catedral en un toque de difuntos. Después sembró la zona con flores de todos los colores. Lo que más pudo dolerle fue no tener el cuerpo de Erik para enterrarlo allí... pero aún así sumó su nombre a la larga lista que por encargo suyo, se grabaría en un gran bloque de mármol blanco y que pondría en la entrada de la catedral. Cuando finalmente terminó de adecentar el lugar, unas semanas después de su regreso a la congregación, fue cuando el mundo se le cayó encima, destrozando la poca entereza que le quedaba y, cayendo al suelo, en mitad del despacho del jefe de la congregación, ahora suyo, se echó a llorar, gritando frustrado, gimiendo de desesperación y dolor, temblando por los sollozos que abrasaban y destrozaban su garganta. En ese momento Frey fue realmente consciente de su soledad. Recorrió los silenciosos pasillos de la catedral, entró en cada dormitorio abandonado de sus compañeros, en cada cama fría puso dos rosas: una blanca, símbolo de pureza, y la otra rosada, un tono oscuro, demostrando gratitud a cada uno de los hombres que allí había vivido y que le habían enseñado a ser un buen maestro del Lotis. Al llegar a la habitación de Erik, cercana a la suya propia, observó cada pequeño detalle del austero dormitorio. Recorrió con sus dedos los bordes de la estantería, la superficie del escritorio lleno de libros y papeles con apuntes, el alféizar de la ventana y se sentó en la cama. Se dejó caer hacia atrás, quedando tendido en el colchón y cerró los ojos. Cada momento vivido con Erik llegó a su mente, cada segundo compartido con él, cada fino trazo de su rostro, la suavidad de sus manos, la calidez de su cuerpo... todo lo que Erik había dejado en él, llegó de nuevo a su mente, a su corazón, a su cuerpo, haciéndole llorar de nuevo, llorar hasta que no le quedaron más lágrimas que derramar y aún así siguió sollozando, hundido y destrozado por su pérdida... Ya de noche, la luna iluminó el cuarto con sus haces de plata pura. Un fino rayo cayó sobre sus ojos y le cegó un segundo, obligándole a frotarse los párpados, incómodo por el imprevisto ataque. Se volvió en la cama, dándole la espalda a la ventana y acarició suavemente el lugar donde recordaba que Erik apoyaba la cabeza. Suspiró, cerrados sus ojos para no ver el mundo que le había maltratado de aquel modo. - ¿Por qué me has
dejado? - murmuró, a punto de ponerse a llorar de nuevo
- Te necesito, Erik... no puedo estar sin ti... - de pronto sintió
frío, una intensa corriente de aire gélido que le
obligó a encogerse en la cama pero tan rápido como
el frío le había invadido, sintió una suave
calidez, pero no sólo su cuerpo, sino también su
espíritu sintió ese calor reconfortante. Ese calor
que le recordaba a las noches que había pasado junto a
Erik, abrazado a su cuerpo - Erik... - murmuró, y entonces
ese calor realmente se convirtió en aquellos abrazos que
recordaba tan vívidamente. Abrió los ojos y vio
unas manos, blancas, que acarició y reconoció como
aquellas que tantas noches le habían acariciado - E-Erik...
- se dio la vuelta, con temor de que aquello fuera una más
de sus fantasías y vio la sonrisa que había iluminado
su vida los últimos años - No es posible... tú...
estás... mu-muerto... Finalmente, Erik desapareció y la luna quedó oculta tras una nube nocturna, dejando a Frey solo, oculto en las sombras de sus recuerdos, sus sentimientos y su dolor...
Al otro lado de la catedral, Kyo y Alice llegaron a la entrada, Kyo ligeramente preocupado por no saber dónde se había metido su hija, pero Alice le calmaba diciéndole que estaba con Chris... Y que su pequeña estuviera con un hombre serio que cuando veía un pastel se volvía completamente infantil... no le daba demasiada seguridad. Antes de entrar vieron a un muchacho sentado en las escaleras de entrada, un muchacho que les resultó demasiado familiar, pero habían estado en demasiadas reuniones de las congregaciones como para acordarse de todos los que habían conocido. Cogidos de la mano, se pusieron a buscar a Frey. Mientras tanto, Frey trataba de hacerse la trenza del lado de su rostro. Al conseguirlo se puso la túnica y se acercó a la ventana. Tocó suavemente el pequeño capullo que tenía la planta que había plantado quince años atras y que se mantenía en el mismo estado desde que brotó meses después de plantarla. Seguía esperando. Y esperaría hasta que esa flor se abriera. Aunque muriera esperando. Miró a través del cristal y vio a sus amigos llegar a la catedral. Segundos antes Nyozeka y Chris habían pasado corriendo hacia la parte de atrás del edificio y sonrió. No hacía mucho que Chris le había comentado sus inquietudes con respecto a Nyozeka y le animó a seguir sus impulsos. Se alegraría mucho si en unos años acabaran casándose... Siguió mirando por la ventana. Cada reunión de las congregaciones le aburría más que la anterior. Lo peor de todo era que no podía saltárselas porque él era el jefe de la suya... Suspiró y se sentó el el alféizar de la ventana, de espaldas al vidrio. Volvió a mirar la plantita y se mordió el labio. Había pasado demasiado tiempo... Quizá Erik ya no volviera... Cuando quiso darse cuenta se había echado a llorar, el rostro cubierto por las manos y las lágrimas corriendo por su rostro imparables. Alguien llamó a la puerta y se apresuró a secarse los ojos y darle la espalda a la puerta. - Adelante - dijo, tratando de
hacer que su voz se escuchara calmada. Fingió que arreglaba
unos libros cuando la puerta se abrió. Frey suspiró, aliviado y dejó el libro en el escritorio, apoyando las manos en la madera. Trató de calmarse, las interrupciones inesperadas le alteraban completamente. Pero después de todo el muchacho no tenía la culpa de su malhumor... Se arregló la túnica y al mirar hacia la ventana, buscando un broche, se encontró con la sorpresa de su vida. El capullo de la plantita se había abierto, dejando ver una flor hermosa, de un blanco tan puro y brillante que casi hacía daño a la vista. Se arrodilló ante la maceta y rozó los pétalos con las yemas de los dedos. Era cálida, suave y al olerla, descubrió que conocía aquella fragancia... Sí... era la de Erik... así recordaba el olor de Erik... Abrió la ventana y se asomó para buscar al chico, pero había tanta gente allí que no sabía quién podría ser. Decidió ir a buscarle, alguien le habría visto. Salió corriendo de la habitación y bajó apresuradamente las escaleras, llevándose por delante a algunos de los maestros que por allí estaban. Recorrió el hall de entrada, las salas de reuniones, y por fin encontró al maestro que había llamado a su puerta. - ¡Renee! - el hombre se
detuvo al ver a Frey - Espera... ¿Dónde está
el chico? Sobre la hierba verde y fresca, junto a un gran árbol solitario, se erguía una figura imponente en su humildad. Observaba a los jóvenes que había logrado unir, las dos almas que estaban destinadas a permanecer juntas por la eternidad. Sonrió y el más mayor le devolvió la sonrisa. Vio que inclinaba la cabeza ligeramente, agradeciéndole lo que había hecho por ellos y el hombre hizo también una pequeña reverencia. Entonces, una suave brisa acarició el valle, y como un montoncito de pétalos de rosa, Lotsuan desapareció del valle... ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ * ~ Edeiël Dedicado a quienes me leéis. Gracias por estar ahí.
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